lunes, 15 de octubre de 2012

EL CIRCO Y SUS VÍCTIMAS

ORIGINAL: El Colombiano
Por ALBERTO SALCEDO RAMOS
13 de octubre de 2012

El columnista Armando Silva criticó una vez en el periódico El Tiempo el cubrimiento que los noticieros de televisión colombianos les dan a los desastres naturales y a ciertas noticias violentas.

El argumento central de Silva era que las imágenes se repiten hasta la saciedad, como si nada nuevo pasara de un día a otro, y de ese modo existe el riesgo de causar indiferencia.

Al leer la columna recordé una escena descorazonadora que había visto días atrás en un restaurante. Cuando en el televisor apareció la noticia de la emergencia invernal, dos muchachas le preguntaron al mesero si era posible cambiar de canal.

-¡Qué mamera las inundaciones… -dijo una de ellas, apartando la vista de la pantalla, fastidiada ante la pobre familia de La Dorada, Caldas, que dormía sobre cartones.

Lo inconveniente no es que nos muestren a los mártires de las tragedias, pues como dice Boutros Boutros-Ghali, exsecretario general de la ONU, "sin imágenes no hay compasión y mucho menos reacción política urgente".

El problema es la forma de mostrarlos.

Después de ver a las víctimas en informes repetitivos y carentes de contexto, la gente empieza a desinteresarse en ellas.

El país de la televisión oscila entre las catástrofes de los primeros segmentos y la frivolidad de los últimos.

La escena de la campesina que llora frente a su colchón sumergido en la creciente ya no genera entre los televidentes ningún efecto, pues se le considera rutinaria.

Nuestra audiencia ha sido adiestrada en las reglas de juego que establecen los telenoticieros: la realidad solo es importante en la medida en que puede funcionar como espectáculo.

¿Y qué es lo que puede funcionar como espectáculo?

Sobre todo, hechos violentos. O dramas relacionados con estrellas de la farándula y gente de la alta sociedad.

Este año, por ejemplo, los canales han mostrado hasta la saciedad a la exreina Válerie Domínguez y nos han hablado en casi todas sus emisiones del asesinato del joven universitario Luis Andrés Colmenares .

Ambos hechos son graves, pero vistos en la TV parecen simples novelones.

Poner el foco en la historia de desamor de Válerie Domínguez es hacerles un favor perverso a los principales responsables del escándalo de Agro Ingreso Seguro. 

Y convertir la muerte de Colmenares en un dramatizado por capítulos es abusar de sus dolientes y banalizar los problemas de fondo: por un lado, la soberbia de cierta gente que, por ser adinerada, se cree con derecho a hacer lo que le dé la gana, incluso a costa de la vida ajena. 

Y por el otro, la falta de seriedad de nuestra justicia. 

La mixtura de lentejuelas con calamidades, aparte de ser injusta, constituye una forma de la mentira: crea la sensación falsa de que el contrapeso de la muerte no es la vida sino el circo.

Con razón decía el escritor George Faludy que hoy en día los noticieros reproducen en una sola noche todo el horror que un romano habría visto en el coliseo durante el reinado completo de Nerón.


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