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viernes, 29 de junio de 2012

Four Concepts For The Future That Could Create A More Sustainable World

ORIGINAL: FastCoExist

In the next 15 years, the course of human society will be drastically altered by new technologies that we can’t even dream of. But, with enough planning now, we can push the development of those technologies toward those that make life better. These four ideas will help us get there.

Earlier this year, Sony teamed up with the  Forum Of The Future  to brainstorm four scenarios of what life will be like in 2025. Among them:
  • a treadmill of "hyperinnovation" and declining carbon emissions, 
  • a scenario of damaging climate change and reactive technologies (like solar paint), 
  • a scenario where sustainability and strong community ties are emphasized, and 
  • a world where the sharing economy has taken off on a global scale.
Now Sony and a handful of partners have come up with four concepts --
  • a platform, 
  • a product, 
  • a place, and 
  • a philosophy--
that could exist within and take advantage of these visions of the future 15 years from now.

THE INTERNET OF THINGS ACADEMY
In the future, it’s possible that nearly everything will have an IP address--your clothes, your plants, and your refrigerator will all freely send and receive data. The proposed Internet of Things Academy will teach people to use the hardware and software behind this connected world, allowing them to do everything from creating experimental economic models to public health monitoring initiatives. 

The concept of an Internet of Things--a system where the Internet is connected the physical world around us--has been around since the 1990s. We’re already seeing faint signals of its existence. In fact, a project that Co.Exist covered just the other day--the crowd-controlled ArduSat satellite --is a perfect example of what we could see more of in the future.

WANDULAR
This cloud-connected, modular device will stay with users for a lifetime, "generating a similar sort of affection and sense of personal connection as a favorite watch," according to Sony’s brief. The device can be upgraded to include motion sensors, projectors, energy generation modules, and more--all generated by local 3-D printing to minimize environmental impact. 



The device is durable enough that it ages well and so customizable that nearly everyone could fit it with a design they like. It’s the dream antidote to today’s throwaway electronics cycle, where devices are constantly tossed for the newest upgrade.

HYPERVILLAGE
The world is on track to have 75% of all humanity living in cities by 2050. What happens to the other 25%? Sony envisions the HyperVillage--a completely self-reliant but globally connected community "underpinned by the highest spec software and hardware." These HyperVillages will use technology to monitor local resources (water, fisheries, etc.) and to share "maker" knowledge with the larger world. All power is generated from community-owned renewable energy hubs, and immersive technology allows rural denizens to virtually travel to urban spaces for big events.

We’re already seeing a resurgence in "maker" culture--just visit your local Maker Faire to see how popular it has become--and projects like Alchematter (a Wikipedia for people who make things) are making it increasingly easy for people to become self-reliant. At the same time, local, independent economies are taking off, with some neighborhoods even creating their own currencies .

THE SHIFT
The Shift is more of a question than anything else. Sony asks, "Is it time to re-focus society’s relationship with technology so that it genuinely meets human needs?" Digital technology has changed the way we live, but there’s still a long way to go for it to truly revolutionize our personal well-being and connection with nature (an example of the latter is Urban Edibles , a digital database of wild food sources in Portland, Oregon). Instead, we often allow these technologies to waste our time and distract us (the average user spends 2.5 hours on email everyday), leaving little downtime to actually process what we experience.

The answer to Sony’s question is, of course, a resounding yes.

martes, 10 de abril de 2012

El agua embotellada

ORIGINAL: 

Beber agua embotellada ‘es inmoral’

Un asesor del gobierno británico afirma que la sociedad debería hacer del acto de beber agua embotellada, algo tan poco elegante como fumar.

“Debemos hacer creer a la gente que el agua embotellada no está de moda, tal y como se hace con el tabaco. Necesitamos una campaña similar para convencer a la gente de que no es correcto”, comentó Tim Lang, comisario del gobierno británico adscrito al área de recursos naturales.

Phil Woolas, ministro de medio ambiente, añadió que la cantidad de dinero gastada en agua mineral “está llegando al límite de lo moralmente aceptable”.
Sus comentarios vienen a cuento de los últimos estudios realizados, que muestran que beber una botella de agua embotellada tiene el mismo impacto en el medio ambiente que conducir un coche durante un kilómetro. Los grupos conservacionistas y los proveedores municipales de agua han iniciado una campaña contra los embotelladores de agua mineral, una industria que en Gran Bretaña mueve 2.670 millones de euros al año.

Un documental del programa de la BBC Panorama, titulado “¿Agua embotellada ¿quién la necesita?”, que será emitido mañana lunes por la cadena pública británica, afirma que en términos de producción, una botella de litro de las marcas Evian o Volvic (Perrier, Vittel) genera hasta 600 veces más CO2 que un litro de agua del grifo.



El coste de beber agua mineral “exclusiva”

En los Estados Unidos, está de moda beber agua mineral importada de Fiji (archipiélago melanesio). El manantial es un pozo artesiano ubicado en la Sierra de Yaqara, en las Montañas Nakauvadra, y de él se extrae un agua que es considerada el sumun de la exclusividad, por la remota ubicación del manantial, que lo mantiene alejado de cualquier foco contaminante, y por su mineralización, que la hecho ganar varios premios a la excelencia. Por todo ello, esta marca de agua se ha convertido casi en un icono cultural… pero ¿cuánto es el coste real de cada botella de agua de Fiji que se bebe en los EE.UU.? Hay quien lo ha calculado, con sorprendentes resultados.

Pablo calcula el coste real del agua embotellada
Con anterioridad habíamos intentado calcular el coste real de producción y transporte del agua embotellada, y habíamos llegado a aproximaciones vagas, que no incluían el coste de la producción de la botella. Ahora hemos consultado con un verdadero experto, el ingeniero en sostenibilidad y MBA Pablo Päster, que ha realizado un estudio exhaustivo del coste de traer un litro de agua de Fiji a los Estados Unidos. Comenzó con la producción de la botella en China y llevar las botellas vacías a Fiji, y confirma que se gasta más agua en la fabricación de una botella que la que esta contiene en su interior. Después continua calculando el transporte de la botella hasta los Estados Unidos por barco. No ha calculado los costes de distribución del agua a lo largo del país, pero aún así los números son absolutamente asombrosos.

En resumen: la manufactura y transporte de un kilogramo de agua de Fiji embotellada consume 26,88 kilogramos de agua, 0,849 kilogramos de combustible fósil (es decir un litro) y emite 562 gramos de gases de efecto invernadero a la atmósfera.

Es decir, gastan la cantidad de agua que en realidad te bebes multiplicada por 26. Y una cantidad de combustible similar a la del agua que te bebes. Lo de asombroso se queda corto.

Traducido de Pablo Calculates the True Cost of Bottled Water

Proyecto ONEWater

El Proyecto OneWater busca contrarrestar y aprovechar el mercado existente para el agua embotellada en favor de quienes no la tienen. Sus utilidades están completamente orientadas a suministrar agua a poblaciones sedientas en África, Actualmente beneficia más de 1 Millón de personas.

www.OneWater.org



La economía de la colaboración

ORIGINAL: Yoroboku
10 APRIL, 2012


No es nada que no haya pasado antes. Más bien, es algo milenario. Compartir está en la esencia de las personas. Pero hay un modelo económico, que en su versión más descarnada, no quiere oír hablar de ello. El capitalismo, en su voracidad, no soporta que un producto sea usado por más de un individuo. Mejor que cada uno tenga el suyo propio. Mejor que esté guardado en un almacén a que otro lo utilice.

Pero lo mejor, lo mejor de todo, es que una persona compre un artículo y no lo vuelva a usar jamás. Que lo tire. Que haga crecer las bolas de basura que este planeta no sabe cómo digerir y que compre uno nuevo.

Y si algún descerebrado se esmera en cuidar un producto para utilizarlo mucho tiempo, ya se encarga el fabricante de no darle tregua. El documental Obsolescencia programada alertó a la población de que muchos productos se fabrican con la intención de reducir su vida útil. Es la forma de asegurar un consumo continuo en el que la bestia sigue alimentando su gula.

La cosa le funcionó un tiempo pero hoy hace aguas por todos lados. Millones de ciudadanos de todo el mundo buscan y proponen modelos alternativos. Piensan en una economía que recupere los conceptos de compartir, colaborar, reutilizar, reciclar. Nada que no se haya hecho antes. Algo milenario, más bien.

Llaman a estos modelos economía de compartir, economía de la colaboración, consumo colaborativo… Unos lo hacen por ideología y otros por necesidad. Pero su impacto crece cada día en muchos países. El popular business ángel Ron Conway habló de este tipo de conducta como ‘megatendencia’, según una de las webs de referencia de consumo colaborativo, Shareable (Sharing by desing). Y su impacto en la economía global no solo se ha dejado notar en la cantidad de dinero que empiezan a mover las compañías basadas en consumo colaborativo. También lo ha hecho en la reducción de emisiones de carbono y residuos sólidos, el dinero ahorrado, las nuevas relaciones que se están creando y un mayor acceso de los ciudadanos a recursos que de otra forma no podrían disfrutar.

Dos puertas: la empresarial y la social
Dos motivaciones impulsan el consumo colaborativo. Una, social. “Muchas personas crean estos modelos para compartir . El uso es gratis y hay un fuerte componente de socialización. El rendimiento económico no es importante. Es gente que llega desde el procomún y el cooperativismo”, explica Albert Cañigueral, fundador de la plataforma Consumo Colaborativo. Dos, empresarial. “Hay compañías que basan su actividad en modelos de consumo compartido. Ven aquí oportunidad de negocio y se centran en la parte más económica. Muchas de esas firmas ya son rentables y algunas en EEUU han salido a Bolsa”, continúa. Dos modalidades que, según Cañigueral, “se complementan”.

Una de las empresas más conocidas de la primera versión es CouchSurfing. La comunidad online se presenta como un espacio para “conocer nuevas personas de todo el mundo y compartir una comida, una aventura o un hogar”. La plataforma, nacida en 1999, cuenta con más de tres millones de usuarios. Los coachsurfers se conocen a través de la web y así encuentran sofás (couchs) donde quedarse a dormir cuando visitan una localidad. Las estancias no son remuneradas. El sistema se basa en invitación, confianza y un sistema de reputación.

Este servicio, en la modalidad empresarial, lo ofrece, entre otras, la popular Airbnb. La compañía gestiona una red global de alojamientos que ofrecen residentes a cambio de un pago.

La tecnología genera confianza entre dos personas a cien mil kilómetros…

La historia guarda ejemplos de sociedades que basaron el grueso de su economía en compartir. Pero la cosa no abarcó un radio extenso. La novedad esta vez es que el ámbito de actuación pone su límite solo allí donde no llega la Red. El espacio para compartir es el planeta. Y nada tiene de extraño porque internet, al fin y al cabo, nació con la misión de compartir.

… y construye entornos seguros
“La tecnología ha permitido que haya seguridad entre los usuarios. En CouchSurfing, por ejemplo, las personas tienen que cuidar de su reputación porque es lo que hace que le inviten a hospedarse en una casa”, indica Cañigueral.

Muchas plataformas exigen que el perfil de un usuario vaya ligado a su cuenta de Facebook para verificar su identidad y, a menudo, se utilizan sistemas de reputación donde todas las personas que forman la comunidad pueden dar una opinión sobre las demás en función de las relaciones que mantienen.

Esta fórmula, evidentemente, tiene sus agujeros. Pero el uso, como siempre, lo está perfeccionando. Un incidente que ocurrió en el servicio de Airbnb dio lugar a que la compañía incorporara una página de seguridad. El apartamento que había puesto en alquiler una mujer a través de esta plataforma quedó destrozado por sus inquilinos y la firma no lo gestionó ni con rapidez ni eficacia. En un espacio interconectado donde cualquier persona puede relatar su experiencia a una audiencia potencial de 2.000 millones de individuos, las corporaciones no pueden permitirse el lujo de cometer demasiados errores.

El último episodio en la historia del consumo colaborativo
En épocas de crisis, el uso compartido “aporta muchas soluciones para que con menos dinero puedas tener los mismos servicios que antes. Además, esta opción está cobrando fuerza por una cuestión ecológica. Estamos consumiendo una Tierra y media cada año. Esto es insostenible”, comenta el fundador de Consumocolaborativo.com. “La crisis de 2008 hizo resurgir la idea de compartir”.

Había ya algunos proyectos que pretendían fomentar el uso compartido de vehículos, hogares y otros productos y servicios. Un artículo de Tech.li titulado From Airbnb to Zaarly: A Short History Of Collaborative Consumption Startups sitúa a Craigslist (intercambio de productos y servicios, venta, trabajo, relaciones personales…) en los inicios de esta tendencia en EEUU. Nació en 1995 y cuatro años después apareció Couchsurfing. En 2000 surgió ZipCars, una plataforma para compartir coche basado en un modelo europeo, y en 2007 llegó la web para la compraventa de libros usados Chegg.

Un año después la crisis arañaba más que nunca y este tipo de plataformas afloraba sin piedad. Entre ellas,

  • Recycled Bride (compraventa de vestidos y complementos de novia de segunda mano), 
  • Airbnb (alojamiento en casas), 
  • TaskRabbit (una comunidad donde los usuarios publican una tarea, como montar un mueble o recoger un paquete y el precio que ofrecen a la persona que quiera llevarla a cabo. En la gestión de oferta y demanda está la mediación de la plataforma para garantizar la seguridad de los usuarios y que los pagos sean justos), 
  • Rent the Runway (alquiler de trajes de gala, ropa de diseñadores, complementos de lujo…), 
  • Taxi2 (taxi para compartir desde el aeropuerto a la ciudad, con la colaboración de la empresa Virgin Atlantic), 
  • LooseCubes (locales para compartir oficina), 
  • Zaarly (plataforma para el móvil en la que los usuarios pueden comprar y vender bienes y servicios a personas que viven en una misma comunidad), 
  • Getaround (plataforma a través de la cual una persona alquila su coche, cuando no lo está utilizando, a una comunidad de conductores registrados que han demostrado ser de confianza), 
  • ThredUp (intercambio de ropa de niños), 
  • Segundamanita.com (intercambio de juguetes), 
  • ebookfling (intercambio de ebooks) o 
  • Intercambia.org (plataforma malagueña que promueve intercambios culturales de jóvenes de distintos países).
Una de las grandes ideólogas de este movimiento es Rachel Botsman. En su libro What’s Mine is Yours: The Rise of Collaborative Consumption (Lo que es mío es tuyo: El nacimiento del consumo colaborativo) habla del poder de la colaboración y de compartir a través de la tecnología y de cómo todo ello acabará cambiando los negocios. El pensamiento de la fundadora de la consultoría de innovación Collaborative Lab se resume en esta frase: “Estamos ante una revolución en la forma en la que concebimos la propiedad”.

Un cambio nada baladí también para la revista Time que, en un artículo de marzo de 2011 titulado Diez ideas que cambiarán el mundo, incluyó el consumo colaborativo entre sus “mejores propuestas para arreglar los peores problemas, desde la guerra y la enfermedad hasta el paro y el déficit”. Y uno de sus periodistas, Bryan Walsh, escribía en otra información que “algún día miraremos al siglo 20 y nos preguntaremos por qué comprábamos tantas cosas”.

Diseños para durar…
Dice Cañigueral que está surgiendo en el diseño una tendencia opuesta a la obsolescencia programada. Muchos diseñadores están trabajando “con un interés opuesto”. “Su filosofía se basa en que los productos sean duraderos y sean ajustables para que lo puedan utilizar varias personas o lo pueda usar un niño en su etapa de crecimento”, explica el editor del blog Consumocolaborativo.com. “Hay muchas personas experimentando en el diseño y fabricación de artículos para que duren mucho tiempo. Es la base del diseño sostenible. Es la única forma de evitar la aparición de más residuos”.



(Grow Bikes)

Cañigueral menciona, por ejemplo, frigoríficos que incluyen varios espacios diferenciados para que puedan ser utilizados por distintas personas que viven en un mismo piso, o bicicletas ajustables y expandibles para evitar la compra de varias bicis para un único niño en su etapa de crecimiento. Así lo hace Grow Bikes, del diseñador catalán Alex Fernández Camps, o Kilobike, del grupo de diseño Seed de Kilo Design. Fernández Camps habla de Grow Bikes como “una apuesta personal…, una de esas cosas que simplemente salen como a uno le gustaría… Una suerte”. Y asegura que “mientras hacía el proyecto, sufría por que se acabase y por encontrar un proyecto con el que disfrutar tanto”.





(Grow Bikes)

¿Y si comparto mi lavadora?
La plataforma Consumo Colaborativo tiene una labor fundamentalmente divulgativa, según su fundador. “Faltaba material en español sobre este modelo. Casi todo lo que se ha escrito está en inglés y francés. Nosotros capturamos las piezas más interesantes y las traducimos para el mundo hispanohablante”, especifica. Pero, además, en su página hacen propuestas para fomentar el uso común de bienes y servicios. En un artículo reciente, titulado Comparte con tu vecino: wifi, lavadora y comida, presentan estos tres proyectos.

  • La Machine du Voisin. La lavadora, en un hogar, suele pasar mucho más tiempo en reposo que en funcionamiento. Y la opción de la lavandería no siempre está en un lugar próximo, ni es barata, ni es una experiencia agradable. Un estudiante de Lille, en Francia, ha creado esta comunidad online para que los vecinos de un mismo barrio se encuentren a través de esta plataforma para compartir el uso de lavadoras y, de paso, se conozcan entre ellos. El precio por lavado oscila entre 2 y 4 euros, en la mayor parte de los casos, porque el objetivo no es lucrativo. La intención es cubrir los costes originados por el uso del electrodoméstico.
  • SuperMarmite. En esta comunidad se reúnen usuarios que están cocinando y usuarios que quieren comprar un plato cocinado por algún vecino porque no tienen tiempo o no saben cocinar. El francés Olivier Desmoulin creó esta comunidad en mayo de 2010 y en la actualidad tiene casi 8.000 seguidores en Facebook.
  • Wifis.org. Esta comunidad reúne a personas dispuestas a compartir su wifi con sus vecinos a cambio de “una cerveza” (ese es su lema), un pago mensual o absolutamente nada. Esta propuesta, en la que cada miembro renombra su wifi como wifis.org/loquesea, es una forma de sistematizar y hacer reconocible las redes que muchas personas están dispuestas a compartir con sus vecinos. “Para estar a salvo de posibles problemas legales”, explica el artículo, “wifis.org únicamente facilita el contacto. El acuerdo al que lleguen los usuarios queda al margen de wifis.org”.
Cañigueral va publicando información sobre consumo compartido desde julio de 2011. Su idea inicial no era crear una plataforma para impulsar esta actitud. Eso vino después. Lo primero fue un documento en el que proponía un nuevo modelo socioeconómico que empezaba así: “La sociedad de propietarios, el hiperconsumo y el diseño para la basura son simplemente insostenibles”. Redactó después todo un argumentario, durante 19 páginas, que acaba así: “Las cosas son solo cosas. No te apegues demasiado a ellas”. 

Imágenes: Zaarly