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martes, 14 de mayo de 2013

El presidente de Nestlé cree que el agua no es un derecho, que debería tener un valor de mercado y ser privatizada

ORIGINAL: Abadía Digital
Abr 22, 2013
Peter Brabeck-Letmathe, presidente de Nestlé

Peter Brabeck-Letmathe, un empresario austríaco que desde el año 2005 ejerce como presidente del grupo Nestlé, considera que se debería privatizar el suministro de agua para que como sociedad tomáramos consciencia de su importancia y acabásemos con el malbaratamiento que se produce en la actualidad.

Unas palabras las suyas que provocan cierto estupor, máxime si se tiene en cuenta que Nestlé es el líder mundial en la venta de agua embotellada. Un sector éste que le reporta el 8% de sus ingresos totales, que en el 2011 ascendieron hasta los 68.580 millones de euros.

Pero Brabeck ha salido al paso de estas y otras críticas para remarcar que el hecho de que mucha gente tenga la percepción de que el agua es gratuita hace que en demasiadas ocasiones no se le dé el valor que tiene y se malgaste. De ahí que sostenga que los gobiernos deben garantizar que cada persona disponga de 5 litros de agua diaria para beber y otros 25 litros para su higiene personal, pero que el resto del consumo se tendría que gestionar siguiendo criterios empresariales.

A pesar del rechazo que provocan sus postulados, hace tiempo que los defiende sin miramientos, con entrevistas como ésta que aparece en el siguiente vídeo en la que califica de extremistas a las ONG que sostienen que el agua debería ser un derecho fundamental.

En su opinión, el agua debería ser tratada como cualquier otro bien alimenticio y tener un valor de mercado que viniera establecido por la ley de la oferta y la demanda (!!!). Sólo de esta manera, apunta, emprenderíamos acciones para limitar el consumo excesivo que se da en estos momentos. Toda un alma caritativa el señor Peter Brabeck-Letmathe

AUTOR Y FECHA Jose - Abr 22, 2013 - 08:09 AM

jueves, 14 de marzo de 2013

Drummond gana por punta y punta

19 de Febrero del 2013 



Estado indemniza a la Drummond

Santa Marta. Mientras que Santa Marta, y en especial el sector marítimo de esa capital aguarda con ansias la sanción contra la Drummond y que esta compense económicamente a la ciudad por el daño producido al medio ambiente, luego de que se volcara una barcaza de esa empresa cargada con más de 2 mil toneladas de carbón en mares samarios, se conoció ayer que la Drummond recibió meses atrás de parte del Gobierno Nacional una millonaria indemnización.

El Estado 'se bajó del bus' con la pequeña suma de 60 mil millones de pesos, luego de que la Corte Internacional de Arbitraje de la Cámara de Comercio, con sede en París (Francia), fallara una demanda a favor de la Drummond en la que se expone que la compañía tuvo pérdidas económicas por un contrato firmado (Estado-Drummond) para el transporte de carbón por vía férrea, desde el departamento del Cesar hasta el puerto de Ciénaga, siendo la estatal Ferrocarriles de Colombia, Ferrovías, la encargada de esa labor.

Sin embargo la citada Ferrovías fue liquidada hace más de 10 años y le dio la licitación a Ferrocarriles del Norte de Colombia, Fenoco

Dos años después, la Drummond se quejó porque Ferrovías no entregó las vías férreas en las condiciones prometidas y Fenoco, por su lado, se demoró en devolver la normalidad de las operaciones de transporte de carbón. Por tal motivo, la compañía carbonífera instauró una demanda contra Colombia ante dicha instancia internacional, por las aparentes pérdidas que le produjo esta situación.

El Estado le pagó a la Drummond 38 mil millones de pesos por los costos de transporte de carbón y 13 mil millones más por el incumplimiento de los deberes de vigilancia y control de la vía. Lo peor de todo esto fue que el pago se realizó en completa reserva.

lunes, 18 de febrero de 2013

Drummond, un desastre ambiental, económico y social

17 de Febrero de 2013

Un análisis revelador y detallado del contrato leonino y de la larga cadena de abusos y de excesos de esta compañía carbonera durante 25 años.

Drummond: la segunda carbonera más importante del país — después de Cerrejón — a costa de transformar un rico departamento agropecuario en un desierto en construcción. Foto: Drummond 
Se nos creció el gringo
Gary Drummond, un mediano productor de carbón en Alabama, Estados Unidos, suscribió en 1988 con Carbocol el contrato de Aporte Minero 078 para operar La Loma, cuyos términos y condiciones le permiten actuar en los departamentos de Cesar y Magdalena como una república independiente, sin más leyes y normas que las que la compañía misma establece y que el Estado debe respetar.

Con diez años de anticipación, la compañía Drummond solicitó a la autoridad minera renovar el oneroso contrato de Aporte Minero de La Loma, que vence en el 2019, y que arrastra un enorme historial de irregularidades e infracciones a las normas ambientales, y un ostensible desprecio por el entorno social, los derechos humanos y la legislación laboral.

Con una producción superior a los 23 millones de toneladas en el 2011, esta compañía se ha convertido en la segunda carbonera más importante del país — después de Cerrejón — a costa de transformar, en complicidad con el Estado, un rico departamento agropecuario en un desierto en construcción.

Contrato leonino
Quienes pensaban que Cerro Matoso era un modelo de lo que el país no debía hacer en materia de contratación minera, están equivocados. Veamos algunas joyas del contrato original y de los otrosíes que conforman el contrato 078 de 1988.

A diferencia de todos los demás contratos mineros del país — que pagan regalías por la producción en boca de mina — Drummond logró pactar que las regalías se paguen por los volúmenes que embarcan. De manera que todo el carbón que se pierda en el proceso técnico, de transporte y de embarque corre por cuenta del Estado. Por ejemplo, el carbón que fue arrojado al mar el pasado 13 de enero es una pérdida para el Estado.

Todas las cifras del contrato son presuntivas. Inversión presuntiva, ganancias presuntivas, costos presuntivos y fletes presuntivos. Sobre estas cifras presuntivas, se calcularon las regalías y se pagaron los impuestos; se permitió el uso de estos estimativos, porque “la empresa requiere tener suficiente flexibilidad técnica para su adecuado desarrollo”.

Las regalías son del 15 por ciento sobre el precio FOB presuntivo. Además de ser presuntivas, las regalías no se pagan como en los demás contratos mineros — sino el primer 5 por ciento a los 30 días del embarque y el 10 por ciento restantes otros 30 días después. Una forma elegante de financiarse con recursos del Estado.

Uno de los logros económicos más importantes para el país fue haber pactado una ganancia presuntiva equivalente a las ventas brutas de carbón menos los costos presuntivos y la renta de los activos. Como los costos presuntivos los estima Drummond, el Estado no ha recibido jamás un solo peso por este concepto.

El precio FOB del carbón de Drummond se fijó inicialmente en relación directa con el precio FOB del carbón del Cerrejón. Sin embargo, desde cuando se enajenaron los intereses de la Nación en Cerrejón, el precio fue fijado durante varios años por la misma compañía. La autoridad minera ni se inmutó por el riesgo moral de la información, pese a que es una variable fundamental para calcular las regalías y pagar impuestos.

Actualmente, las regalías se liquidan mediante una fórmula compleja, cuyas variables surgen sin que la autoridad minera las pueda fiscalizar. Las restricciones al acceso a la información son tan grandes, que la realidad contable de la operación está cubierto con un manto de confidencialidad.

jueves, 7 de febrero de 2013

Drummond no podrá embarcar carbón en Santa Marta

ORIGINAL: SEMANA

La severa sanción es por tiempo indefinido. Se comprobó que la firma arrojó cientos de toneladas al mar.
Autor: Archivo particular. Ambientalistas registraron el momento en que una barcaza que se abastece con carbón de la minera Drummond se hunde y es rescatada arrojando el mineral al mar.
Se trata de una de las decisiones más severas de los últimos tiempos en materia ambiental. La empresa estadounidense Drummond quedó este miércoles sin permiso por tiempo indefinido para cargar carbón en un puerto de Santa Marta debido a una decisión tomada por el Ministerio de Ambiente colombiano.

La decisión es de carácter inmediato y se extenderá hasta que la empresa presente un nuevo plan de contingencia para casos de emergencias de sus barcos cargados de carbón, dijo Luz Helena Sarmiento, directora de Licencias Ambientales del ministerio y que tomó la decisión este miércoles.

Sarmiento explicó que la medida se tomó por la emergencia que sufrió la noche del 12 de enero y la mañana del 13 de enero una barcaza de Drummond cargada de carbón y que se movilizaba por aguas cercanas a la costa. Aunque aún se investiga, se calcula que entre 500 a 1.800 toneladas de carbón pudieron caer a las aguas del Caribe colombiano cerca de Santa Marta, dijo la funcionaria, y añadió que la investigación continúa. (Ver artículo ¿Cuánto carbón tiró Drummond al mar?)

La suspensión de cargar el carbón que Drummond produce en una mina a cielo abierto en el departamento de Cesar, vecino al Magdalena, “es histórica”, dijo la funcionaria al referirse a la drástica medida.
La decisión es de manera inmediata y hasta que ellos no hagan una actualización del plan de contingencia y hagan la socialización del mismo con las autoridades locales y regionales y nosotros lo aceptemos”, dijo Sarmiento.

Drummond, que produce anualmente unas 24 millones de toneladas de carbón, no comentó de inmediato la decisión del ministerio, que dejaría a la empresa sin capacidad de exportar el mineral que saca de la mina, lleva en tren hasta su propio puerto en la localidad de Ciénaga, cerca de Santa Marta.

Sarmiento dijo que incluso si hoy o mañana mismo Drummond comprara nuevas barcazas, por ejemplo, “tendrían que pedir una modificación del plan de manejo que tienen frente a la autoridad (de licencias ambientales) y nosotros tomar el tiempo necesario para autorizarlo”.

El capitán de fragata Guillermo Díaz Peña, director de la capitanía del puerto de Santa Marta, dijo en diálogo telefónico que en las aguas cercanas a esa localidad se ha encontrado carbón, pero no se ven aún no se ven peces muertos. Autoridades ambientales, agregó, están tomando muestras de aguas y recorriendo el lecho marino.

Con información de AP

lunes, 17 de septiembre de 2012

Las locomotoras que acaban con la democracia

por Paula Cristina Mira Bohórquez - Profesora Instituto de Filosofía
pcmira@quimbaya.udea.edu.co06 de septiembre de 2012

¿Quién decide si Colombia debe ser un país minero? Esta pregunta no trata solo de unos cuantos casos problemáticos de algunas comunidades, así como tampoco de luchas aisladas, la pregunta nos lleva a una cuestión más general, que nos involucra a todos como ciudadanos de un país e incluso como habitantes del mundo. 

Hace pocos meses el Instituto de Filosofía de la Universidad de Antioquia realizó un seminario sobre ética, medioambiente y animales. En una de las ponencias, en la que se discutía sobre el problema de la minería en Colombia, un estudiante realizó la siguiente pregunta: A pesar de que Colombia ha sido declarado un país minero, ¿debe ser realmente Colombia un país minero? La pregunta creó murmullos en la sala, por lo importante, urgente y difícil, y porque entendimos que nos dirige a otras preguntas esenciales, siendo una de ellas: ¿Quién decide si Colombia es o no un país minero?

En un artículo publicado el dos de septiembre en el periódico El Espectador y titulado “Nuestro oro verdela periodista narra la lucha de las comunidades del suroeste antioqueño por impedir que las multinacionales entren a su territorio e implanten la megaminería para la extracción de oro y otros minerales. Al final del artículo queda una alegría y un sinsabor, la alegría de una comunidad que lucha por conservar su tierra, su paisaje, su agricultura y sus costumbres frente a los peligros que ven con la entrada de la megaminería, y el sinsabor por las pocas posibilidades que parecen tener estos esfuerzos, ya que la Secretaría de minas de Antioquia, aclara para el artículo que “[u]na cosa es lo que uno quiere y otra la que la ley permite. Tenemos que hacerles ver a los alcaldes y a la comunidad que la minería está regida por un código. Aunque hay unos instrumentos legales para prohibirla, sólo funcionan en el perímetro urbano; al perímetro rural lo rigen leyes como la 388, que le da la posibilidad a un privado de hacer minería”. 

¿Quiere decir esto que el código 388 le da la posibilidad a un privado de hacer minería por sobre los intereses de las comunidades, de los propietarios de la tierra, de las autoridades políticas de estas comunidades, esto es, por sobre todos los entes que suponíamos están empoderados en una democracia?

Por otro lado, el portal de internet Lasillavacia publicó, también el dos de septiembre, un artículo titulado “Las polémicas del Código Minero que tendrá que enfrentar Renjifo”. 

En este artículo la periodista revela que el nuevo código minero que se prepara en el gobierno no cambiará algunos de los puntos más problemáticos del anterior del 2001, como por ejemplo que la minería es declarada “[…] como una actividad de utilidad pública e interés social” y añade que “[l]a consecuencia práctica de esto es que cualquier particular puede ser expropiado de sus predios si en su tierra se encuentra una mina”.

¿Estamos entonces frente a la ratificación de un apartado del código minero que determina que, siendo la minería de interés público y social, los miembros de esas sociedades pueden perder sus tierras, sus formas de vida y de subsistencia, su medioambiente sano y sus fuentes de aguas para el beneficio de extraños?
¿Qué tipo de actividad pública y de interés social es esta? 

La línea entre la demagogia sobre lo público y el beneficiar la privatización de las tierras y de los recursos naturales del país parece ser muy delgada, según lo presentado por este código minero.

En estos momentos entenderá el lector la importancia de la pregunta planteada antes: ¿Quién decide si Colombia debe ser un país minero?
Esta pregunta no trata solo de unos cuantos casos problemáticos de algunas comunidades, así como tampoco de luchas aisladas, la pregunta nos lleva a una cuestión más general, que nos involucra a todos como ciudadanos de un país e incluso como habitantes del mundo, a saber, la cuestión sobre qué concepto de desarrollo queremos seguir, qué valores privilegiamos cuando tomamos decisiones como comunidad, así como qué importancia tienen nuestras decisiones como comunidad en Estados que, como el nuestro, se publicitan como democráticos (y que además, como el nuestro, se vanaglorian de su biodiversidad).

Las luchas de estas comunidades muestran que el concepto de democracia es limitado para las autoridades gubernamentales, pues no parece ser un concepto que se eleve por encima de la simple acumulación de votos y que empodere a las comunidades para determinar autónomamente su futuro, el de su medioambiente y las posibilidades de sus generaciones futuras. Habría que preguntarse si se trata de un concepto de democracia que entrega las comunidades, sin consultarles, a través de leyes y códigos decididos a puerta cerrada, a un concepto de desarrollo en el que predominan los intereses económicos de grandes firmas multinacionales, y que da poca o ninguna importancia a los muchos otros intereses que las comunidades reconocen como importantes para ellas, como por ejemplo, los intereses medioambientales.

Hagamos todos el ejercicio de pensar la situación (que no es para nada hipotética), en la que a nuestra comunidad llega la propuesta de una empresa, que promete darnos algunos empleos (los invito a consultar las cifras sobre la cantidad de empleos que da la megaminería a los países latinoamericanos), promete además darnos un dinero para vivir un tiempo y algunas comodidades más; pero a cambio esta empresa acabará con nuestros recursos no renovables, agotará nuestras fuentes hídricas, privatizará toda la tierra a nuestro alrededor y una vez agotados estos recursos se irá para buscar mejores tierras. Frente a semejante propuesta, ¿queremos que alguien más decida por nosotros? ¿No tenemos ningún derecho a decidir si queremos que alguien nos saque de nuestras casas y nos deje sin agua? 

En definitiva, la simplicidad de este ejercicio nos puede servir para pensar que, sea cual sea nuestra decisión, es dudosa una postura democrática que no nos dé, al menos, la posibilidad de opinar sobre el destino de nuestras tierras, porque es cuando menos problemática la postura democrática paternal que pretende que sus ciudadanos son “niños” que no saben que es bueno para ellos y que postula la idea de que hay que decidir por ellos.

La retórica de ciertos actores económicos mundiales cada vez se complace más en hablar de que los recursos naturales son de todos, más la sospecha sobre estas afirmaciones es legítima, sobre todo cuando viene de actores provenientes de países, como los del llamado “mundo desarrollado”, que se preocupan tanto por cuidar sus propiedades y sus fronteras. No es mi interés demonizar las actividades de las multinacionales, como tampoco beneficiar discursos “que van en contra del progreso de los colombianos”, como dirían algunos, pero sí es mi intención repetir una pregunta cada vez más urgente: ¿Qué hará progresar a los colombianos? 

Para ganar en la posibilidad de dar respuestas a esto, es necesario resaltar nuestro deber ciudadano de informarnos y el deber de los entes políticos de poner a nuestra disposición información real sobre los beneficios, pero también sobre los riesgos de las actividades que se realizan en nuestra comunidad, así como el derecho que tenemos como ciudadanos a tomar decisiones o a poner en cuestión modelos de desarrollo que privilegien excesivamente algunas valoraciones, como la económica, por encima de muchas otras. Solo las sociedades informadas pueden aspirar a ser sociedades democráticas.

Sobre todo las actividades llamadas “extractivistas” tienen grandes riesgos para las comunidades, sobre los que hay que informarles y que no les pueden ser impuestos; estas actividades se caracterizan precisamente por la extracción de grandes volúmenes de los recursos naturales, por la vocación para la exportación (tienden a satisfacer el mercado global y no las necesidades de las comunidades en las que tienen lugar) y entre ellas se encuentran, no solo las actividades mineras a gran escala o la extracción de petróleo, sino además, los monocultivos por ejemplo. La literatura sobre el tema, por fortuna cada vez más en América Latina, pone en duda los beneficios económicos reales y sostenibles para las comunidades en las que se realizan estas actividades, y para los países en general, y cuestiona la tendencia de ciertos gobiernos latinoamericanos a prometer que, aceptando estas actividades en nuestras tierras, “saldremos de pobres”.

La información sobre la que se puede discutir, siempre debe venir acompañada de las posibilidades reales de decisión, de modo que los entes políticos brinden los foros necesarios para la información y la decisión, reduciendo tanto como sea posible el riesgo de la manipulación (la toma de decisiones trascendentales a cambio de canchas de futbol o balones por ejemplo). Ciertamente ningún gobierno es neutral, pero ninguna sociedad democrática tolera que el gobierno ignore los movimientos sociales ambientales por centrarse en la representación de un solo actor del problema (aunque la retórica política diga que es por el bien de todos). Ignorar, ridiculizar o criminalizar la defensa de los recursos naturales, de un medioambiente sano o de la conservación de la biodiversidad, son signos de una concepción de democracia cortoplacista y pobre en sus visiones de sociedad y de los derechos.

Un análisis detenido sobre el tema nos ayudará a develar la falacia detrás de algunos argumentos, por ejemplo, nos ayudará a entender que los problemas medioambientales generados por estas actividades los sentiremos todos, vivamos o no en las regiones en las que se den. Además, que este no solo es un problema que afecta a los humanos que viven hoy en día en el país, sino además que afecta a los animales no humanos, y a las generaciones futuras de humanos y animales no humanos. Por otra parte, aunque ahora se habla tanto de la “minería responsable”, una cosa hay que tener clara sin ambages, a saber, que los recursos no renovables se llaman así porque se acaban, y una vez se acaban, por más dinero que tenga una comunidad (o parte de ella), por más regalías que se hayan repartido y por más impuestos que se hayan cobrado por la actividad, simplemente no hay forma de volverlos a tener, y estos son precisamente los recursos indispensables para la vida. 

¿No constituye entonces la defensa de los recursos vitales una causa legítima y no es un deber de aquellos que elegimos para representarnos tenerla en la primera línea de sus decisiones? ¿No es una obligación de todo gobierno ofrecer modelos económicos alternativos, sostenibles y realmente públicos, que representen una contribución a la superación de la pobreza, sobre todo en áreas rurales? Habría que pensar si estamos viviendo en Colombia el fenómeno de que a las comunidades pobres se les niega la posibilidad de decisión con el argumento de sacarlas de la pobreza.

Para terminar, es importante anotar que como miembros de una universidad pública nos corresponde sin duda acompañar las reflexiones, que evidencien los distintos problemas en los modelos de desarrollo según los que vivimos, en las formas del ejercicio político que los acompañan, y contribuir a la construcción de nuevos modelos posibles, así como acompañar a las comunidades con la información responsable que requieren con urgencia. Este también es un problema de la democratización del conocimiento.