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domingo, 13 de enero de 2013

Alerta roja por bajo nivel de ríos Magdalena y Cauca. Colombia

ORIGINAL: NoticiasCaracol TV 
POR: NOTICIASCARACOL.COM
12 Enero de 2013

Las aguas han disminuido hasta un metro. El caudal del  San Jorge también se ha visto afectado por las altas temperaturas.


domingo, 29 de julio de 2012

Diputada denuncia 'estudios secretos' para nuevas hidroeléctricas

ORIGINAL: Diario del Huila
JARVEY LOZANO L. - jarveyprensa@gmail.com
27 de Julio de 2012

La dirigente política también rechazó presiones y señalamientos del comandante de la Policía Huila por sus denuncias en medios de comunicación.

Ingenieros de la empresa Hydrochina, estarían realizando cálculos y mediciones en seis puntos estratégicos del río Magdalena al sur del departamento, donde se tendría proyectado construir nuevas microcentrales. hidroeléctricas.
La diputada conservadora Sandra Milena Hernández, denunció ayer la presencia en el sur del Huila de una comisión compuesta por funcionarios la empresa asiática Hydrochina, y de la Corporación del Río Magdalena -Cormagdalena, que estarían adelantando estudios para la materialización de nuevos proyectos hidroeléctricos sobre el río Magdalena en territorio huilense.

Hernández también reveló que a raíz de sus denuncias en medios radiales, fue abordada por el coronel Juan Francisco Peláez, quien “en tono amenazante” censuró sus opiniones, la increpó y la responsabilizó de lo que le pudiera pasar al personal extranjero que se encuentra en el Huila y que cuenta con un fuerte esquema de seguridad proporcionado por la Fuerza Pública.
Diputada conservadora Sandra Milena Hernández.
Labores "misteriosas"
Sandra Hernández relató que la delegación esta compuesta por al rededor de 16 profesionales de nacionalidad china entre geólogos, topógrafos,arquitectos e ingenieros hidráulicos y civiles de Hydrochina, acompañados por seis funcionarios de Cormagdalena, que se transportan en camionetas blindadas escoltados por cerca de 30 uniformados de la Policía de Vigilancia, Carreteras y Escuadrón Móvil de Carabineros.

La comisión colombochina se encuentra hospedada en un hotel de Pitalito y ha estado recorriendo al menos seis puntos del río Magdalena que serían inundados, como Sombrerillos en el cruce entre Isnos, San Agustín y Pericongo en Timaná, y otros Oporapa, realizando mediciones y cálculos al parecer para el diseño de construcción de microcentrales generadoras de energía en esa zona del departamento.

La Diputada asegura que ni la gobernadora Cielo González Villa, ni el secretario de Gobierno, Julio César Triana, ni el alcalde de Pitalito, Pedro Martín Fierro, fueron informados de la presencia del personal extranjero ni de las labores que están realizando. “Me asusta y me aterra que ni siquiera la primera autoridad del Departamento fue enterada”, enfatizó la dirigente conservadora.

Rechazo contundente
Sandra Hernández manifestó su rechazo contundente a la posibilidad de construir nuevos embalses e inundar más tierras en el Huila para nuevos proyectos hidroeléctricos.

“Eso aceleraría el cambio climático, inundaría nuevas tierra cultivables, afectaría el sector agrícola, provocaría desplazamiento, se perdería capa vegetal con la consecuente afectación ambiental, y por qué no planteamos en cambio una recuperación del río Magdalena desde su nacimiento, pero aquí ni El Quimbo ni Betania han hecho nada por la recuperación de la fuente hídrica porque no hay compromiso social, solo les interesa la explotación”, manifestó Hernández.

Y en tal sentido llamó “a la clase dirigente, a los gremios y a la ciudadanía a hacer un frente común entre todos para oponernos”.

Censura policial
La diputada Hernández también denunció que a raíz de su rechazo a nuevas hidroeléctricas, recibió una llamada a su teléfono celular de parte del comandante de Policía del Huila, coronel Juan Francisco Peláez, quien en “tono amenazante”la recriminó fuertemente por sus opiniones, le dijo que si algo le pasaba a los ciudadanos extranjeros sería su responsabilidad y la señaló de actuar igual a la ex senadora Piedad Córdoba.

Hernández puso el episodio en conocimiento del ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón, a través de una carta que le envió con copia al Director General de la Policía Nacional, a la Gobernadora del Huila, al Procurador Regional y al Presidente de la Asamblea Departamental.

En ella defendió su derecho y obligación constitucional como Diputada a expresar sus opiniones y a defender los intereses del Huila y sus comunidades, a las que representa, y expresó su más enérgico rechazó y protesta a la actitud del alto mando regional, la que calificó de agresiva, discriminatoria y violatoria de los Derechos Humanos y del Derecho Internacional Humanitario.

“El rechazo y protesta al que se refiere el presente documento, no es más que un precedente público a un trato desconsiderado e indigno a mi condición de persona, de autoridad pública y de mujer”, enfatizó la dirigente del sur.

Y finalmente, pidió al Ministro de Defensa “que imparta instrucciones al señor comandante de Policía Huila, para que cumpla normas del Derecho Internacional Humanitario y del derecho interno que constituyen el bloque de constitucionalidad, sobre el respeto y buen trato a la mujer, a los derechos fundamentales que me asisten sobre libertad de expresión u opinión, a mi libre desarrollo de la personalidad, a mi condición de defensora y representante de toda la comunidad huilense, por mi condición de Diputada del Departamento”, consignó en el ofició.

domingo, 15 de julio de 2012

Megaproyectos. SOS emberás represa Urrá

ORIGINAL: SOSColombia

Documental que trata diferentes megaproyectos de multinacionales relacionados con la mineria, las represas y las petroleras. Los efectos sociales y medioambientales son incalculables, provocando desplazamientos y muertes de mucha poblacion indigena, campesina, sindicalistas y activistas de derechos humanos.

Aun hay tiempo de frenar estos megaproyectos que tienen muchas iregularidades y provocan violencia en la zona con la implantacion de paramilitares y del mismo ejercito colombiano que se instala cerca de los megaproyectos para defender a estas trasnacionales.

Si desaparece uno de los pulmones del mundo, que esta en Colombia, desapareceremos tod@s y las consecuencias para el cambio climatico seran ireversibles. 











lunes, 28 de mayo de 2012

Subienda: el ciclo fecundo de La Magdalena

ORIGINAL: UniversoCentro
Juan Alberto Gómez Duque. Fotografías del autor.


Vicente Salas vino al mundo a pescar. Su padre no tenía por qué saberlo, ni para qué. Poco importan las vocaciones cuando se nace a orillas del río grande de La Magdalena y el pulso de los años se mide en subiendas: la pesca se impone por destino y por necesidad.

“Tenía cuatro años cuando mi papá murió, pero me acuerdo cuando caminaba detrás de él, de peñón en peñón, y lo veía lanzar la atarraya mientras mi mamá ayuntaba el nicuro”, relata ahora Vicente, cincuenta años después, jalando la chinchorra que, a medida que se cierra contra la orilla, deja escuchar el chapoteo de los peces en la superficie del agua.

Por los meses de enero a marzo de cada año, Vicente llega a este sitio del río llamado San Fermín con su compañero Ómar Betancur, arman su ranchería y repiten la faena de tantos años, cuya acción principal denominan lance: extender la red trazando un semicírculo contra la orilla, e irla cerrando para ensenar los peces, que terminan agitándose en la ribera lodosa en un reverbero plateado y un palmoteo de aletas.

“El día de nosotros es la noche. Comenzamos a las ocho y echamos lances cada hora. Por la mañana, uno de los dos saca el pescado a vender al comercio de La Dorada, mientras el otro se queda haciendo la comida. Así se nos van los días en subienda”, refiere Ómar.

El calor del día los hace preferir la noche, pero también el ruido de personas y motores de canoas que ariscan el pescado. “En la noche hay menos bulla y el pescado sube más orillao”, explica Vicente. Por supuesto, los peces no le huyen al silencio nocturno de La Magdalena, populoso de grillos, ranas, cigarras, murciélagos y remotas alarmas de guacharacas. “Pero si usted pudiera ir a esta hora a Honda y a Puerto Bogotá, donde yo nací, vería el gentío pescando día y noche”.

“La subienda es como una piñata”, comenta Vicente; y él desde muy niño se preparó para la fiesta: “en el barrio cosíamos pedazos de redes viejas y les aplastábamos tapas de gaseosa a los extremos como semejando las plomadas, entonces las lanzábamos en los solares y decíamos que las hojas, los palitos y las piedritas que cogíamos eran los pescados”. Así, el juego los iniciaba en el oficio familiar, común a muchos habitantes de Honda y Puerto Bogotá, las dos poblaciones que se miran, cara a cara, desde las orillas del Magdalena, entre los departamentos de Tolima y Cundinamarca.

La subienda es migración de peces, pero también lo ha sido de pescadores a lo largo del río Magdalena, y un día Vicente cogió su canalete y se fue río abajo a encontrar la desembocadura del río La Miel, donde la pesca era abundante y el río encantador. Estacionó su canoa en el corregimiento Buenavista del municipio de La Dorada, le gustó el lugar y se quedó a vivir. Pero cada año, por subienda, sigue levantando el cobertizo de paja que constituye la ranchería en el sitio San Fermín, sobre el Magdalena, a unos veinte minutos en canoa desde Buenavista; y aunque ya tiene motor y usa carpas en vez de plásticos, el ritual y la ilusión siguen siendo los mismos. “Antes, los pescadores nos movíamos más por el río; una canoa con motor remolcaba otras cuatro o cinco hasta los sitios de pesca, pero ya nos volvimos más estacionarios en las rancherías y ya nadie tira canalete. El precio del pescado tampoco justifica moverse, por el costo de la gasolina”, me sigue contando Vicente mientras selecciona los nicuros y bocachicos, cuidando bien de que sigan tocando el agua debajo de la red para devolver los más pequeños al río.

He contado cinco lances y la pesca es buena. Vicente y Ómar extienden el chinchorro, seleccionan los peces y los depositan en un cajón de 160 centímetros de largo, 60 de ancho y 40 de alto que permanece medio sumergido en el agua, para mantener el pescado vivo y entregarlo más fresco. El último lance es a las cuatro de la mañana y hay que apurarse a ensartar el pescado para llevarlo a vender. Lo derraman sobre un plástico, pero antes hay que rayar los nicuros, es decir, hacerles una incisión en el vientre para permitir que el hielo enfríe mejor las vísceras. “Ahora hacemos yuntas hasta de 35 pescados que pesan entre cuatro y cinco libras pa venderlas a tres o cuatro mil pesos, dependiendo de cómo esté el mercado, cuando hace quince años las hacíamos con diez pescados”, apunta Vicente. Con el desgaste del recurso se hace difícil cumplir con las tallas mínimas, que para el nicuro es de 18 centímetros y para el bocachico de 25.

El carraspeo desapacible de las guacharacas va llenando el aire, y las líneas del horizonte definen mejor las franjas que van entre el gris claro de la masa de agua, el azul oscuro de la vegetación y el gris azulado del cielo que empieza a insinuar la claridad. Vuelan los primeros cormoranes, y los cantos de chilacos, torcazas, trespiés y sanjuaneros compiten con las nubes de golondrinas atravesadas por el vuelo de garzas estridentes. Diviso otras tres rancherías que deben estar consagradas a la misma tarea que apura a Vicente y a Ómar, porque a las seis deben estar listos en el lugar adonde llega la camioneta en la que transportarán el pescado hasta el mercado de La Dorada. Cuarenta sartas llenan el vientre de la canoa. Vicente toma un baño en el río y prende el motor.

Apenas se disuelve el ruido del motor, tomo súbita conciencia del peso de la noche y el rudo trabajo en el rostro de Ómar. Me invita a la ranchería y se ocupa de encender el fuego. Con un gesto amable rechaza mi ayuda y, aunque me siento inútil, el cansancio vence a la vergüenza lo suficiente para no insistir Me duermo en la hamaca con el efecto sedante de sus movimientos ceremoniosos y su voz serena de viejo pescador.

Cuando despierto, Ómar sigue hablando. Parece no importarle que el sueño le hubiera robado mi atención. Me ofrece tinto con pan. “Pal almuerzo voy a preparar viudo de pescado”, me dice y se acuesta un rato.

Mirando el río es inevitable notar el vuelo constante de los rayadores cerca de la ribera, que abren el pico para trazar con su mandíbula inferior una incisión fugaz sobre la superficie del agua buscando alevinos. Su tamaño, de unos cincuenta centímetros, la envergadura de sus alas, de más de un metro, así como el color blanco rotundo de su parte frontal, que contrasta con el negro del plumaje y el rojo de la base del pico, imponen su presencia en el paisaje e invitan a la contemplación; lo que en mi estado significa una invitación al sueño.


El ojo de la piñata

En Puerto Bogotá conocen a Vicente por el apodo de “Tuna”, y así lo saludan cuando llego con él al barrio Patio Bonito, donde creció. “De pelao me decían pilatuna y con el tiempo me fui quedando Tuna”, me explica con una sonrisa. Su “vieja”, doña Emelina, se emocionó al verlo. Se le colgó del cuello, le puso su cabeza en el pecho y luego alzó la vista: “está flaco mijo”, le dijo. “Siempre he sido así mamá. ¿Ya no se acuerda?”. Por lo menos, yo puedo asegurar que desde hace tres años que lo conozco, lo he visto igual: ligero y ágil como una canoa de ceiba amarilla.

“Mucho gusto don Urbano”, saludo al hermano mayor de Vicente, otro veterano pescador que al enterarse de mi interés por la subienda se transforma en un surtidor de historias. No le oculto mi ansiedad por llegar al río, pero es difícil resistirse a tan experta inducción. “Aquí toda la ribera del río tiene sus dueños. No tienen títulos de propiedad pero se ha respetado la tradición. Cada punto de pesca es una cama, o sea que son sitios en la orilla que los pescadores arreglan con piedras y cemento cuando el río está bajito. El pescao se entra a descansar ahí pa superar la corriente y así es más fácil cogerlo con la atarraya”, me explica Urbano.

La propiedad o derecho de pesca en esos puntos se va heredando, y el número de propietarios no pasa de doce que se rotan en turnos de una hora. El propietario es libre de ceder o alquilar su turno, y en este caso el pescador es un turnero; pero para vender su derecho vitalicio debe consultar a los demás, que evaluarán al comprador: “si vemos que es una buena persona y que es de aquí, de pronto lo aceptamos”, complementa Urbano. Hace poco se vendió un derecho por seis millones de pesos, pero se han transado hasta por quince millones. “Es que pescar en un punto ya arreglao es muy diferente y le garantiza mejor pesca”, sentencia. La cotización del turno depende de la época y del precio del pescado, que fluctúa entre diez mil y cien mil pesos.

Domino mi excitación mientras me acerco. Desciendo torpemente por una callejuela y desemboco en La Magdalena. Una franja estridente de casas y cantinas flanquea el hervidero humano que se agita al lado del río. “Miré usted: aquí el río es más caudaloso y angosto, entonces los peces se orillan y es más fácil cogerlos”, me dice Vicente extendiendo la mano. En la ribera de enfrente, la de Honda, el hormigueo no es menor, pero son más evidentes los estragos del invierno, que la transformó en una montonera de rocas bajo una cornisa anómala de paredes sobre barrancos socavados. “Honda se quedó con la fama, pero la subienda tradicional se vive más en Puerto Bogotá”, me asegura otro pescador que se acercó a saludar.

En algunos sitios las camas están delimitadas por espigones de roca y concreto; incluso, en el extremo las coronan toscas plataformas acompañadas de una especie de poceta para echar el pescado. Este es el caso de El Fondazo, donde tiene el derecho doña Emelina, que lo heredó de su esposo don Jesús, y en el que pesca don Urbano. Pero también están lascamas de La Oreja, El Manso, El Chisguete, La Moya, El Moyete, La Mina, Piedra Rucia, La Plancheta, El Rebozo, El Ancianato, y unas sesenta más hasta el emblemático puente Luis Eduardo Andrade que une las dos poblaciones.

Todo comienza en El Remolino donde el caudal se estrella contra la peña y forma la moya de Santa Marta. Allí pescan con las atarrayas desde las canoas que circulan incesantes en todas las direcciones. El movimiento de la orilla corre por cuenta de los compradores, turistas y curiosos; también de las casetas en las que se vende licor al son de los vallenatos.

Cada arte y aparejo exige su destreza y hay quienes prefieren la cóngola, una especie de nasa, o red en forma de bolsa, sostenida en los extremos arqueados de dos largueros. Con ella escarban el fondo para atrapar los peces. En esta actividad, a la que llamanguambiar, Estiven, de once años quiere volverse experto para responder al desafío burlón de sus amigos del barrio La Caimana. “Me dijeron que yo no era capaz de pescar y por eso me vine a esta subienda. Ya he sacado varios peces y me ha parecido muy divertido. Ahora me respetan más”, declara Estiven parado en una roca e izando la cóngola como un estandarte.

Es domingo de puente festivo en pleno Carnaval del Río y el Pescador, la fiesta tradicional de Puerto Bogotá. El panorama confirma la definición de Vicente sobre la subienda. Todos se afanan por agarrar lo que más puedan, aunque la mayoría son pescadores ocasionales. “La subienda es una redención económica para mucha gente, también es diversión y encuentro. Para los niños es como un dulce”, cuenta Erzaín Castellanos, que llegó de siete años desde Villavicencio, aprendió el oficio y también es comerciante de pescado, que aquí llaman moinos.

El moino compra el pescado en la orilla, lo hace ayuntar y rayar para venderlo a los mayoristas. A las encargadas de ayuntar o ensartar el pescado en cogollos de palma de nolí o de iraca se les llama corincheras, y cobran cuatrocientos pesos por yunta o sarta, que se compone de unos treinta nicuros y se vende a cuatro mil pesos. Las guayungas son las sartas con nicuros de mejor tamaño y se venden hasta en quince mil pesos. “Tengo mucho que agradecerle a la subienda, con ella pago las deudas y le doy estudio a mis hijos”, dice Umbertina Olaya, que en un día puede armar ochenta yuntas.

A esta altura del recorrido Vicente se ha disuelto en la boruca, pero el ambiente cordial y la actitud abierta de la gente ya no exige anfitrión. Puedo moverme a mis anchas, entre rocas, atarrayas y cóngolas, pescando entrevistas y observando.



Los baldes se llenan con nicuro, bocachico y capaz. Familias enteras disfrutan la faena, los peces se cogen hasta con las manos y las atarrayas apenas exigen esfuerzo para desplegarlas. Así encuentro a Andrés de doce años y a Elibeth de diez, seleccionando el pescado que su papá, Luis Sandoval, les acerca enredado en la atarraya. “Soy de Abejorral, Antioquia y hace 34 años trabajo en la subienda, pero el resto del tiempo sobrevivo de la venta de agua y gaseosa en los buses y de las cosechas de café en pueblos como Villeta, Guaduas, Sasaima y La Vega. También voy a Antioquia y a Caldas”.

Elibeth no se muestra menos cordial: “Me gusta venir acá, es más divertido. Juego con los nicuros y le ayudo a mi papá”. “Yo juego en la arena mientras ayudo a desengravillar el pescado”, dice Andrés antes de saltar a mirar un pez que cayó en la red. Él encontró un blanquillo y yo lo perdí a él. Pero hallé a don Gonzalo Rojas, el pescador más antiguo de Puerto Bogotá. “Póngale cuidado pues mijo porque no le voy a repetir”, levanta el índice sin hacer caso de la grabadora. “Llevo 55 años dedicado a la pesca y cuando comencé aquí había una sola canoa. Nos tocaba llevar el pescado hasta la estación del ferrocarril, desagallao y estripao. Póngale biencuidao. Allá me lo comparaba Plutarco Díaz, y si a uno lo dejaba el tren perdíamos el pescado”. Don Gonzalo desgrana nombres de viejos pescadores: todos muertos. “Yo también me voy a morir en el río porque no sé hacer otra cosa. La subienda es el pulmón de Puerto Bogotá, le da trabajo hasta a los viejos que ya no contrata nadie. No se le olvide lo que le digo. Escríbalo bien”.

El pan que hornea el río

Me despierto en la hamaca con la voz de don Gonzalo en la cabeza: “ponga cuidao. Escríbalo bien”. Los rayadores siguen pasando y Vicente ya ha regresado: parece satisfecho. El calor sube. Mientras Ómar prepara el viudo de pescado, Vicente habla. “Los peces salen gorditos de las ciénagas y aprovechan las crecientes de la temporada lluviosa de noviembre para salir al río a reproducirse desde el mes de diciembre. Van subiendo y quemando grasa. Ya después, en abril, bajan poniendo los huevos, principalmente en las bocas de los caños que comunican las ciénagas con el río. Yo he visto el agua agitada y el ruido de los peces cuando los fecundan. Los alevinos entran a las ciénagas y allí se crían. Ese es el ciclo de la subienda”.

Con la deforestación y la desecación de ciénagas para la ganadería, la contaminación minera, los pulsos irregulares de las crecidas producidos por la liberación de grandes masas de agua de los embalses, entre otros, la subienda, y en general la pesca artesanal, viene sufriendo graves impactos. Y aunque conserva ese aire festivo, la piñata es cada vez más incierta.

Vicente no es optimista, pero se esfuerza por mantener el oficio con el mismo espíritu vivaz que refleja en su rostro. Habla también con la serenidad y la paciencia que otorgan lo ríos. “Ningún aparejo de pesca es de por sí dañino, sino que es el pescador el que debe manejarlo bien; por ejemplo: no coger si no está garantizada la venta, tratar de respetar las tallas. Y hay que cuidar las moyas, que son las barreras o meandros naturales que remansan el río y reducen la erosión de las orillas…”.


Se interrumpe para ayudar a servir el viudo de pescado. Para eso extiende maderos sobre los que apoya tablas. Luego las cubren con hojas de plátano y cuidadosamente van sirviendo arroz, yuca y papa. Los nicuros hacen cadena con los bocachicos, rodeando el plato. Ómar y Vicente invitan a comer. Cruzan las piernas. Observo sus torsos desnudos, la expresión reposada, el alimento dispuesto: el sentido íntimo de la subienda concentrado en un instante.

domingo, 13 de mayo de 2012

Minería, una enfermedad tóxica

ORIGINAL: El Espectador
Por: David Campuzano

Un recorrido por el río Nechí en Antioquia

La zona de explotación de oro, legal e ilegal, del Bajo Cauca antioqueño termina entregándole toneladas de sedimentos y desechos al río Magdalena.

En Valdivia, Tarazá, Cáceres y Caucasia, en el Bajo Cauca antioqueño, mineros legales e ilegales (barequeros) practican la minería de oro de aluvión (aquella que se hace superficialmente en las riberas). / Fotos: David Campuzano

La última víctima de la minería del oro, que se ejerce en el Bajo Cauca antioqueño, es el río Magdalena. A la altura del Brazo de Loba —o cuenca magdalénica, en el norte de La Mojana sucreña— las aguas del río Cauca, cargadas de toneladas de sedimentos y desechos, se integran a las del río más importante del país.

La mañana del 22 de marzo salimos de Medellín hacia el municipio de El Bagre, a 284 kilómetros, para luego ir a un sobrevuelo que nos dejaría ver el impacto ambiental de las minas de oro a orillas del río Nechí.

Recorrimos 300 mil hectáreas, de las que 30 mil pueden ser víctimas de la minería legal e ilegal. Durante una hora me encontré con un paisaje, que en algún momento se mostró atiborrado de verde, ahora consumido por la remoción de toneladas de tierra, que además hacen que el Nechí se vea del color del lodo.

Visitamos las márgenes del río cerca de la Serranía de San Lucas. Observamos los techos de las poblaciones de El Bagre, Zaragoza y Nechí.

Desde la altura alcanzaba a ver a los mineros y las enormes retroexcavadoras devorando el terreno. Lucían minúsculos desde ese helicóptero, como microorganismos que a pesar de su tamaño logran enfermar las aguas, provocándoles una infección mortal.

Mientras obturaba mi cámara no podía dejar de pensar en las cifras que acababa de escuchar:

  • tan sólo se recupera una hectárea de bosque por cada 50 degradadas. 
  • El costo de una hectárea recuperada es cercano a los $5 millones y, 
  • según Mineros S. A. (una de las empresas que operan en esa zona), reforestar 50 mil hectáreas valdría alrededor de 15 millones de euros. 
Quienes explotan el oro no le pagan ese precio a la naturaleza.

Cerca de los límites entre Bolívar y Antioquia el Nechí vierte sus aguas al Cauca. Y más adelante me encontré con una imagen que lo dice todo: el sol de las seis de la tarde sobre las aguas del Cauca lo hace parecer un río de oro, que contrasta con sus orillas ennegrecidas que guardan la memoria de una vena que transporta riqueza, pero que a la vez deja ruina a su paso.


sábado, 5 de mayo de 2012

Primer Foro Mundial de Medio Ambiente en Bogotá

ORIGINAL: NoticiasCaracol




La crisis del agua llegó y hay que enfrentarla, advierte Philippe Cousteau, nieto del explorador francés Jacques Cousteau e invitado al foro que se realizará este 10 de mayo, en Bogotá.

El foro estará a cargo de líderes mundiales de la talla del estadounidense Philippe Cousteau, el portugués Robert Stussi, el mexicano Federico Kunz y el colombiano José Yunis, quienes ofrecerán alternativas para un futuro sostenible.

Philippe Cousteau JR, EE. UU.

Explorador, emprendedor social y defensor del medio ambiente, Philippe Cousteau es el hijo de 31 años de edad, de Jan y Philippe Cousteau, padre, y  nieto del capitán Jacques-Yves Cousteau.

Como miembro de la legendaria familia, Philippe continúa el trabajo de su padre a través de EarthEcho Internacional (http://www.earthecho.org/), la organización sin ánimo de lucro que fundó junto con su hermana y su madre y de la que es Presidente.

Su objetivo es involucrar y empoderar a las personas a tomar acción para un futuro más brillante. Sus herramientas son simples: la educación, la promoción equilibrada y un compromiso de acción.

Será el conferencista central. En entrevista con El Espectador, dejó sembradas varias reflexiones:

-"Podemos vivir sin oro pero no sin agua".

-"Es muy raro que los humanos actúen preventivamente. La historia demuestra que por lo general lo hacen en respuesta a la crisis, y la crisis del agua ya llegó".

Federico Kunz, México

Experto en minería responsable, tema de altísima relevancia para Colombia. Vendrá a contar su experiencia en la aplicación de prácticas responsables en este sector.

"Partimos de la base de que siempre habrá algo de impacto, pero siempre habrá formas de mitigar, minimizar y curar el terreno afectado", sostiene Kunz.

Y agrega: "Es indispensable identificar los ecosistemas que se verán afectados antes de intervenir una zona".

Robert Stussi, Portugal

Es el VP de la asociación mundial de Vehículos Eléctricos, en Portugal. Tiene experiencia mundial en el desarrollo de proyectos donde se han introducido conceptos de movilidad eléctrica con éxito.

Opina que la movilidad eléctrica no solo es una opción viable económicamente tanto para los proveedores de vehículos como para los usuarios, por sus bajos costos en el medio de energía utilizado, sino que son vitales para mitigar el impacto que las emisiones generan en el desarrollo de una ciudad.

José Yunis, Colombia
El representante para colombia de The Nature Conservancy habla de "Las cuencas de los ríos Magdalena / Cauca: Visión para su desarrollo y conservación".

MÁS INFORMACIÓN:
Tels: 57 + 1 + 747 0990 
018000510903

miércoles, 11 de abril de 2012

La CAM investiga mortandad de peces en el Quimbo Investigan mortandad de peces en El Quimbo

ORIGINAL: La Nación
Abril 11, 2012

Emgesa
reportó que varias crecientes del río Magdalena generaron un efecto ambiental no previsto en la fauna íctica de la zona donde se construye la hidroeléctrica. Comisión de la CAM (Corporación Autónoma del Magdalena) se desplazó hasta la zona para evaluar el daño ambiental.

La Nación, Neiva
Una mortandad de peces, al parecer originada por las obras que se adelantan sobre el río Magdalena en la construcción de la hidroeléctrica El Quimbo, fue alertada ayer por varios pescadores de la zona en donde se desarrolla el proyecto.

 
Al parecer y según la denuncia hecha por los pescadores, el daño ambiental se habría presentado tras las obras que se ejecutaron en la desviación del río Magdalena, a raíz de que en dos ocasiones el material que se había colocado para cerrar el paso de la afluente fue arrastrado por las constantes crecientes.

Para esclarecer los hechos, ayer una comisión de la Corporación Autónoma Regional (CAM), se desplazó hasta la zona con el fin de evaluar la magnitud de la mortandad, reporte que será presentado en los próximos días al Ministerio de Ambiente con el propósito de conocer la real causa de la mortandad de peces.

Respuesta de Emgesa

En un comunicado de prensa Emgesa indicó que la muerte de los peces se originó debido a varias crecientes que se han presentado en el río Magdalena, daño no previsto que fue reportado a la correspondiente autoridad ambiental.

Asimismo precisaron que hasta el momento la compañía ha reportado la captura de 2.055 peces pertenecientes a 23 especies, de los cuales 917 se encontraron muertos.

“A mediados del mes de marzo se presentaron crecientes del río Magdalena que generaron aumento de caudales superiores a los 400 metros cúbicos por segundo, sobrepasando la preataguía, lo que causó un efecto ambiental no previsto en la fauna íctica. Luego de que se disminuyera el nivel del caudal, se pudo evidenciar en la zona de construcción de la preataguía que peces (sardinas de longitud inferior a 7 centímetros) quedaron atrapados entre el enrocado de esta estructura sin posibilidad de retornar al río”, indica el comunicado.

Plan de choque

De igual forma, indicaron que el para contrarrestar la situación la compañía ejecutará la sustitución de enrocado por estructuras en concreto para evitar atrapamiento de peces, ejecutará un plan de trabajo a realizar por tres brigadas de pescadores para llevar a cabo actividades de monitoreo, captura y traslado de las especies ícticas.

“Este efecto ambiental no previsto fue reportado al Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, a quien además se informó las medidas de mitigación que implementa la compañía. Adicionalmente en el marco del programa de manejo y protección del recurso íctico y pesquero que considera la licencia ambiental del proyecto, se tiene previsto el repoblamiento de peces y el enriquecimiento florístico de los afluentes al embalse, para la preservación y conservación de esta fauna”, enfatizó Julio Santafé, director del proyecto hidroeléctrico El Quimbo.