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martes, 8 de julio de 2014

Una revolución silenciosa

Andreas Schleicher, director de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE) y coordinador de las pruebas PISA, habla sobre el programa Todos a Aprender del Ministerio de Educación Nacional.

Foto: Daniel Reina/SEMANA

Visité Colombia en un momento en que la educación —el futuro de Colombia— se ha posicionado como prioridad en el debate político y público nacional. Los últimos resultados de PISA han desencadenado una búsqueda sin precedentes de políticas y prácticas adecuadas que ayuden a los estudiantes a aprender mejor, a los profesores a enseñar mejor y a las escuelas a trabajar con mayor eficacia.

La opinión pública ha centrado su visión en el modesto desempeño de los estudiantes colombianos en comparación con los estudiantes de sistemas educativos más avanzados del mundo. Ninguna de las personas con las que hablé se consuela con el hecho de que, según los resultados de PISA, hay sólo tres países de la OCDE que muestran una tasa de mejora en las habilidades de lectura de los jóvenes de 15 años más alta que la mostrada por los jóvenes colombianos

Aquí todo el mundo quiere que Colombia juegue en la primera liga de la educación global, sabiendo que esto es mucho más importante para el futuro económico y social del país que jugar con las mejores ligas en el mundial de fútbol, en donde Colombia ya se ha ganado un lugar. 

En cierto modo, no es justo comparar a las escuelas de Colombia con las de los países de la OCDE, dado que este país enfrenta retos sociales y económicos mucho mayores; pero los responsables de las políticas públicas en Colombia entienden que, en una economía global, el punto de referencia para el éxito educativo ya no es sólo obtener una mejora en los estándares nacionales, sino alcanzar logros que se puedan comparar con los sistemas educativos de mejor desempeño a nivel internacional. Ellos comprenden que las escuelas colombianas deben preparar a sus estudiantes para colaborar, competir y conectarse con diferentes personas, ideas y valores de todo el mundo. 

Las mejoras observadas en los resultados de PISA muestran que Colombia ya está en el camino correcto. Desde que visité este país por primera vez en 2002, la educación en Colombia ha pasado por una revolución silenciosa, apenas percibida por la comunidad internacional, pero que está transformando profundamente las vidas de las personas en este país, que ha estado dominado por el conflicto armado. 

Siempre admiré a la ex ministra Cecilia María Vélez White por la forma en que estableció bases sólidas para la educación en Colombia, en medio incluso de las circunstancias más adversas, con una orientación constante en la eficacia de las instituciones y un enfoque riguroso en el aseguramiento de la calidad. 

Pero el éxito de la actual ministra María Fernanda Campo, quien ha logrado llevar la educación a la gente, movilizar a los maestros y a los rectores y construir confianza en la profesión docente, no es de ninguna manera menos impresionante. La educación en Colombia se está convirtiendo en una responsabilidad de todos, con fuertes vínculos entre los sectores, con el compromiso de líderes gubernamentales, educadores, padres, empresarios y líderes de la sociedad civil como socios en la educación. La misión es “Todos a Aprender”.

Salimos de Bogotá justo antes del amanecer para Barranquilla, la ciudad natal de Shakira; pero el tema del día no es la música pop. Hoy los colombianos celebran la educación y la gran líder es la Ministra de Educación de Colombia, a quien toda la comunidad recibe con una cálida y entusiasta bienvenida. 

Los estudiantes y sus familias, junto con cientos de maestros y rectores. pasan el sábado compartiendo sus experiencias en la feria regional del programa “Todos a Aprender”. La educación aquí, a unos 800 kilómetros de la capital, no se trata de política sino de crear nuevas oportunidades educativas. “Todos a Aprender” proporciona una visión integral de estas nuevas oportunidades, que comprende un sistema de instrucción que incluye materiales de aprendizaje y enseñanza, con un enfoque inclusivo de la gestión escolar, con infraestructura básica para las escuelas y la seguridad de los niños, y —quizás lo más importante– es el enfoque innovador hacia el desarrollo profesional de los maestros que se fundamenta en las buenas ideas y en la capacidad instalada que ya tienen las escuelas colombianas.

Cerca de 3.000 de los profesores más talentosos del país fueron identificados, a través de un riguroso proceso de evaluación, para servir como formadores y tutores de sus compañeros maestros. Conocí a algunos de ellos y me siento inspirado, tanto por su profesionalismo, como por su dedicación para servir como innovadores y gestores del cambio. 

Al principio, los docentes miraban con prevención a estos formadores y tutores, pero ahora, ellos se han convertido en sus principales aliados, pues propician un ambiente en el cual los maestros trabajan juntos para formular mejores prácticas y que generan caminos inteligentes que conducen al crecimiento profesional de los docentes. Un grupo de maestros de Soledad (Atlántico) relata cómo el programa “Todos a Aprender” ha transformado su comunidad local de profesores, que pasaron de ser extraños que trabajaban en forma aislada en sus aulas a convertirse en colegas y amigos. Y ellos son sólo una muestra de los 88.000 maestros que ya hacen parte del programa de formación y acompañamiento docente.

Los sistemas educativos de América Latina se han caracterizado por un enfoque vertical de los gobiernos que, en su sabiduría, dictan normas que son acatadas por parte de las escuelas. “Todos a Aprender” busca darle un vuelco a este modelo, apostándole a la sabiduría generada por los mismos actores educativos, habilitando a los maestros para que sean más creativos, y pasando de un control administrativo a esquemas más profesionales de organización del trabajo

Hablé con un grupo de maestros mayores, cuyo estatuto los protege de ser evaluados, pero que decidieron vincularse al programa de forma voluntaria, con el objetivo de mejorar su propia metodología de enseñanza y la de sus colegas, y lograr así un desarrollo profesional que fortalezca su práctica educativa. También conocí a un grupo de rectores de escuelas que discutían cómo podían llevar todo esto a un siguiente nivel, utilizando la tecnología digital para difundir la innovación y conectar las ideas de los rectores y maestros por todo el país. Un día, cuando todos los maestros del país sepan lo que estos maestros ya saben hoy, Colombia llegará al nivel de los sistemas educativos más avanzados del mundo.

No hay duda de que siempre habrá quienes se resistan al cambio. Pero “Todos a Aprender” está ayudando a los educadores a ser audaces en pensamiento y en la acción para lograr un cambio real y aterrizado. Esta visión ya se extiende a más de la mitad de los niños de primaria de toda Colombia —más de 2,4 millones de niños en total— que estudian en 22.000 escuelas, de las cuales el 77% se encuentran en zonas rurales. 

Pero, como un rector me explicó, la prueba de fuego será si “Todos a Aprender” podrá trascender el proceso electoral y logra pasar de ser un programa a convertirse en una política de Estado. Esto diferenciaría a este programa de las muchas iniciativas de reforma que se dan en América Latina y podría marcar una diferencia real para el futuro de los estudiantes, maestros y ciudadanos de Colombia.

ORIGINAL: Semana
06 julio 2014

martes, 8 de abril de 2014

"Pedagogía de la exigencia": el método que lanza a la fama a un joven profesor

Enseña en un liceo de París a chicos carenciados que la sociedad condena a un fracaso al cual él no se resigna. Su decisión de volver a los métodos tradicionales da resultados y atrae la atención mediática

Jérémie Fontanieu no inventó nada nuevo. Lo suyo es la "vieja escuela": disciplina, esfuerzo, exigencia y evaluaciones periódicas; conceptos que cierta pedagogía moderna ha convertido en malas palabras, con resultados que están a la vista, tanto en Francia como en Argentina, dos de los países que año a año retroceden en las pruebas PISA.

La revista Cahiers Pédagogiques entrevistó a este profesor que, con sólo 25 años de edad y 3 de experiencia docente, no teme ir contra la corriente pedagógica dominante que considera que presionar a los alumnos es autoritarismo.


Fontanieu enseña Ciencias Económicas y Sociales a estudiantes de los últimos años del liceo Eugène Delacroix, en la localidad de Drancy, una zona "desfavorecida" del gran París, de esas a las que las autoridades educativas y políticas suelen abandonar a su suerte por considerarlas inevitablemente condenadas a la marginalidad.

En rebelión abierta contra ese fatalismo, Fontanieu se fijó como meta lograr que todos sus alumnos aprueben el bachillerato, sin excepción. (En Francia, el título secundario no se obtiene por promoción sino a través de un examen al concluir la cursada del último año).

En la universidad, dice este graduado de Ciencias Políticas, "consumió mucho Pierre Bourdieu", el sociólogo que expuso los mecanismos de reproducción de las jerarquías sociales. Pero él decidió luchar para quebrar esa lógica que condena al hijo de pobre al fracaso escolar. "En la facultad descubro el mundo escolar a través de Bourdieu, pero luego me vuelvo profe y veo que tiene razón pero yo me digo: el mundo es como es, ¿lo acepto? Yo quiero una escuela que recupere su rol de ascensor social".

"Por un lado están las desigualdades sociales, el racismo, la discriminación; parte del fracaso escolar se debe a la sociedad, innegablemente –explicó Jérémie en una entrevista radial-. Pero también hay una parte muy importante que es la responsabilidad individual, qué hacemos con nosotros mismos. Yo pongo a mis alumnos a es-tu-diar. Y hay una diferencia colosal entre el momento en que empiezan y cuando le toman el gusto al estudio e interiorizan la ambición. O sea, está el sistema, pero hay espacio para llegar luchando, y cuanto más obstáculos a vencer, más bella es la victoria".

En el liceo de Drancy, constató "mucho abandono y resignación en chicos que sienten que están condenados al fracaso y entonces no estudian". Y acá entra la responsabilidad de la escuela, muchas veces eludida por maestros y autoridades con el argumento de la no coerción y la libertad de los alumnos. Jérémie se coloca en las antípodas de esta actitud.


"Yo quiero torcerles el brazo a los determinismos sociales, dice. Estos chicos no tienen método ni disciplina de estudio, pero no es sorprendente, tampoco yo lo tenía a su edad. Pero yo vengo de un medio burgués, hice Ciencias Políticas porque pude ir a una preparatoria paga. En este barrio, o llegan por la escuela o les será muy difícil".
   
Está convencido de que el bachillerato es accesible a todos, pese al panorama desolador: estudiantes desmotivados, poco dispuestos a trabajar, proclives a la violencia verbal y la falta de respeto. En un distrito que, además, tiene históricamente resultados por debajo del promedio.

No importa: él quiere devolverles el gusto por el estudio, aún apelando a la "mano dura", como dice con ironía. De a poco, se gana la confianza de sus estudiantes. Y la de los padres. Y luego también de sus colegas cuya cooperación considera esencial.

Tolerancia cero
"Constaté la falta de trabajo y mi respuesta fue algo brutal, simple", admite. Ahora bien, si todos los profesores les piden a los alumnos que estudien, ¿cuál es la diferencia en su caso?

No hay magia en su método, ni rebuscadas teorías pedagógicas: se trata de hacerlos "trabajar". Algo nada sencillo en un ambiente como el de Drancy. Pero él apela a métodos de la vieja escuela: tolerancia cero para toda indisciplina, pruebas semanales, nada de regalar nota, más bien al revés. Si un alumno decae en su rendimiento, él envía un mensaje a los padres. Consciente de que el chico que no tiene respaldo familiar no hará los deberes en casa o no los hará bien, y que ésa es otra fuente de inequidad, él controla los avances en el aprendizaje semana a semana.

Toma prueba todos los lunes, justo el día en que suele arrastrarse hasta la escuela el relajamiento del fin de semana. "Soy pragmático, no tengo ideología. Les meto presión a los alumnos, grito, llamo a los padres -dice sin prurito-. Una calificación dura, semanal, un punto descontado por cada respuesta incorrecta: eso funciona como electroshock para alumnos acostumbrados a zafar con una nota media. Al cabo de un tiempo, si no estudian, les pido a los padres que los priven de salida un fin de semana o que les quiten el celular".

Le preguntan si eso no es "infantilizar" a chicos que ya son casi adultos. Él responde, categórico: "Son niños, los tomo como lo que son, no es peyorativo, son irresponsables. ¿Qué hacemos frente a la falta de esfuerzo? ¿Los dejamos librados a su suerte? Me dicen: 'caramba, te comportas como un padre, ya son grandes, tienen 16, 17'. Sí, me gustaría que fuesen grandes e hiciesen las cosas por sí mismos, pero no es el caso. La idea es que, a la larga, sean autónomosAl comienzo, mis clases son la colimba, y yo tengo reputación de nazi, reaccionario, profe horrible... Pero de a poco empiezan a interiorizar la norma y le toman el gusto porque ven que cuando estudian tienen resultados. De a poco se afloja la presión y pueden volar por sí mismos. La autonomía se conquista de a poco".

Los alumnos de Jérémie, que al comienzo protestaron por su rigidez, hoy valoran un sistema que los hace progresar, y son los mejores defensores y propagandistas del sistema de este singular profesor.
Le preguntaron a una de sus estudiantes, Nesrine, si había oído hablar de Bourdieu. "Sí, sí. Pero yo creo que Bourdieu sólo hace una constatación, nosotros queremos cambiar las cosas, salir adelante", respondió mostrando hasta qué punto está compenetrada con los objetivos de su profesor.

Fontanieu les exige porque confía en su capacidad para lograrlo y eso los estudiantes y los padres lo van sintiendo y se convierte en un estímulo adicional.

La disciplina no concierne sólo al estudio: "No tolero clanes ni comentarios negativos, ni llegadas tarde". Tampoco que sean groseros. "La violencia verbal de los alumnos es el síntoma de una relación con el mundo y con los otros particularmente brutal e irrespetuosa, y que me indigna", explica Fontanieu. Además, señala, es un lenguaje que les cierra puertas, que refuerza los clichés que el resto de la sociedad tiene sobre los jóvenes de barrios humildes.

Algunos detractores de esta "pedagogía de la exigencia", que pone tanto el acento en metas y logros, dicen que fomenta el individualismo. Pero en las clases de este profesor sucede todo lo contrario.
"No es individualismo, replicó por ejemplo, Anaïs, tenemos un espíritu colectivo y pensamos mucho en los demás, deseamos realmente que todos lo logren".

"Estamos muy unidos, dice Farah, nos ayudamos unos a otros. Somos solidarios, queremos lograrlo todos, no individualmente".

Aunque no es pedagogo y su método es intuitivo, si le da resultados, a Jérémie le gustaría que se difunda. "A los alumnos del último año les digo que estamos haciendo algo que nos supera, y que si mañana logramos que los 35 aprueben, o sea 100% de eficacia, esta experiencia podrá replicarse". Habrá demostrado que está en lo cierto, que no es inevitable que estos chicos, hijos de obreros poco calificados, de desocupados, de inmigrantes mal integrados, fracasen en la escuela.

Quiere que los investigadores y expertos vengan a ver su clase, y "respalden esta escuela del éxito basado en la certeza de que todos pueden lograrlo negándose a seguir los caminos que la fatalidad les ha trazado".

Polémica pedagógica
Desde que Francia salió mal parada de las últimas pruebas PISA, estalló la polémica. En el banquillo, los cultores del pedagogismo constructivista, que postula que el alumno construye su propio saber y que el maestro no es el dueño del conocimiento, lo que ha redundado en deslegitimación de la función docente y relajamiento de la disciplina. Y hace tiempo también que muchos profesores –y casi todos los padres- desean la vuelta a una mayor sistematización en los estudios, a más contención y exigencia. A una escuela que vuelva a ser poderosa herramienta de igualación social.

"Los estudiantes que apuestan en mayor medida al trabajo que al talento obtienen mejores puntajes en las pruebas de matemática", fue una de las conclusiones de Andrea Schleicher, responsable de Educación en la OCDE, y redactora del último informe PISA.

Es el postulado de Jérémie: el que estudia, obtendrá resultados, sea cual sea su extracción social"La pereza es el núcleo de la reproducción social, dice, parafraseando a Bourdieu. Sin esfuerzo, asistimos a la autodestrucción de sus vidas por parte de pibes de 15 años".

La conclusión de la OCDE es significativa: el éxito es un asunto de creencia de que el trabajo y la perseverancia "pagan" más que la inteligencia o el talento innato.

Otra docente de "zonas difíciles" dejó un mensaje para Fontanieu: "El director de un colegio me dijo una vez: 'usted no va a durar aquí si persiste en querer enseñar a sus alumnos'. Una triste renuncia por parte de algunos responsables de instituciones, enmascarada en un discurso pomposo e inepto. La consigna es 'no hagan olas'... entonces, ¡saludo la energía y el coraje de este profesor que embiste contra ese fatalismo!"

Además de los libros de Bourdieu, fue también el gusto por el hip hop lo que llevó a este joven a los suburbios. Quería conocer de cerca el mundo del que surge esa música, de "dimensión sociológica interesante". Uno de sus temas favoritos es Banlieusards [los que viven en las afueras, algo así como suburbanos] de Kery James, que en una de sus estrofas sintetiza la filosofía que inspira su sistema pedagógico:

Banlieusard y orgulloso de serlo / ¡No estamos condenados al fracaso!
Al contrario, estamos condenados a triunfar / A cruzar las barreras, a construir carreras
Mirá lo que lograron nuestros padres / Lo que soportaron para que tengamos educación
¿Qué sería de sus sacrificios? (...)
Si arruinamos todo, ¿dónde está el respeto? / Si fracasamos, ¿dónde está el progreso?
Cada hijo de inmigrante está en misión / Cada hijo de pobres debe tener ambición
No puedes dejar que se evaporen tus sueños / En un hall lleno de humo
Fumando sustancias que quiebran tu voluntad / Anestesian tus deseos y ahogan tus capacidades
¡Valemos más que eso! / Nada detiene a un banlieusard que lucha...

ORIGINAL:  InfoBAE
 22 de marzo 2014

domingo, 9 de febrero de 2014

Editorial: Un acuerdo entre todos (por la Educación en Colombia)


La mejora de la calidad de la educación en Colombia debe convertirse en un verdadero propósito nacional, como lo ha comprendido un colectivo de jóvenes profesionales, que están promoviendo la firma de un pacto por la educación y cuya iniciativa apoya decididamente este periódico.
El martes pasado tuvo lugar en el Ministerio de Educación un ejercicio de rendición de cuentas, en el cual la entidad hizo un compendio de los que considera son sus principales logros desde agosto del 2010. De acuerdo con el informe, no solo se han conseguido niveles de ejecución presupuestal cercanos al 100 por ciento, sino que diferentes programas muestran avances esperanzadores.

Tal es el caso del dirigido a la primera infancia, conocido como De cero a siempre’, que atiende a casi un millón de niños menores de 5 años. No menos destacable es lo que ha ocurrido en los ramos de enseñanza preescolar, básica y media, en donde se han universalizado políticas como la de la gratuidad hasta el grado 11, o se ha depurado el registro de matrículas, que estaba inflado en más de medio millón de infantes.

También hay que señalar la creación de cupos, la caída de la deserción escolar y la construcción de infraestructura, al igual que iniciativas como ‘Todos a aprender’, orientadas a fortalecer competencias en lenguaje y matemáticas. Los avances en tales campos se han apoyado en planes para mejorar la formación de los docentes, con resultados promisorios.

No obstante, a pesar de lo hecho hasta ahora, es incuestionable que falta un largo camino por recorrer. A finales del 2013, el país reaccionó con preocupación ante la persistencia de malos resultados en las pruebas internacionales Pisa de nuestros estudiantes jóvenes. En su momento, hubo un verdadero alud de comentarios, pronunciamientos del público y expresiones por las redes sociales.

De todas estas manifestaciones emergen dos consensos.
El primero es que, si bien son varios los factores que deben cambiar para lograr una mejora significativa de la calidad de la educación básica, el fundamental es la enseñanza: sin maestros y rectores buenos y motivados, que sean bien formados y remunerados, con oportunidades de actualización y estimados por la sociedad como “los nuevos héroes” de un mejor futuro para nuestros hijos, no será posible lograr el milagro.

En segundo lugar, alcanzar los objetivos requerirá esfuerzos concertados de los educadores, el Gobierno, los padres de familia, los empresarios, los gremios y la ciudadanía en general durante muchos años.

Lo anterior no desconoce los éxitos del pasado reciente, pero lo cierto es que todavía es más lo que nos falta por hacer que lo que hemos conseguido. Por fortuna, el país dispone de una detallada hoja de ruta para lograr la transformación indispensable en la calidad de la docencia, contenida en un estudio auspiciado por la Fundación Compartir y llevado a cabo por un grupo de profesores, especialistas en el tema.

El trabajo, que será presentado en sociedad pasado mañana, demuestra que es necesario formar 20.000 nuevos maestros por año, escogidos entre los mejores estudiantes de bachillerato, con becas completas en programas universitarios de alta acreditación. Para ello se debe apoyar financieramente, mediante concurso y con asistencia técnica internacional, a universidades que presenten planes para mejorar sus programas actuales de pregrado y maestría en educación, o para establecer otros nuevos de alta calidad.

Así mismo, es menester que los profesores novatos sean apoyados por tutores escogidos entre los mejores educadores de cada generación, para que encuentren oportunidades de trabajo atractivas, comparables a las de profesiones como la ingeniería o el derecho, aparte de opciones de actualización y desarrollo profesional, orientadas mediante evaluaciones periódicas. La propuesta contempla, por supuesto, que los instructores actuales se puedan beneficiar de estas iniciativas.

Tal vez lo más importante es que la sociedad entera valore apropiadamente la labor del maestro y esté dispuesta a hacer los esfuerzos necesarios de participación directa y de financiación que un emprendimiento de esta envergadura demanda. Lo dicho contempla el pago de nuevos impuestos con destinación específica, para alcanzar tales propósitos.

Lo anterior no se opone a la ampliación de coberturas, la implantación gradual de la jornada única y labores dirigidas a mejorar infraestructura y dotación de las escuelas. Todo esto cuesta, pero es necesario hacerlo. Y la coyuntura no puede ser más favorable: el país goza de una buena salud económica, que le permite asumir compromisos razonables.

Para garantizar un apoyo amplio y la continuidad de los esfuerzos requeridos por más de una década, este debe convertirse en un verdadero propósito nacional, como lo ha comprendido un colectivo de jóvenes profesionales que están promoviendo la firma de un pacto por la educación y cuya iniciativa apoya decididamente este periódico.

Igualmente, EL TIEMPO hace suya la propuesta de uno de sus columnistas, el exministro Guillermo Perry, de que todos los candidatos presidenciales, los partidos políticos, los gremios, las asociaciones profesionales y Fecode suscriban un acuerdo sobre el asunto, con metas concretas e instrumentos similares a los recomendados por el estudio de la Fundación Compartir. Solo así se conseguirá hacer eficaz el compromiso colectivo en favor de una educación de alta calidad para todos.

editorial@eltiempo.com

ORIGINAL:
El Tiempo
Por: EDITORIAL |
08 de Febrero del 2014